Carta al Director de El Pais de Miguel Ángel Díaz Martínez - Manzanares el Real - 21/12/2006
Como cada año, es tradición en muchos institutos de enseñanza secundaria la promoción de la denominada "Semana blanca" o viaje de esquí con escolares. Nunca se ha hecho una reflexión serena sobre lo que esta actividad implica. Cada año se forman en las escuelas a miles de nuevos esquiadores que en el futuro reclamarán más estaciones de esquí.

La actual expansión de nuevos complejos de nieve amenaza lugares vírgenes de nuestras montañas como el puerto de San Glorio o el valle de Espelunciecha, por citar sólo dos ejemplos de lugares amenazados. Si entre todos abogamos por una enseñanza de calidad, integral y sostenible, ha llegado el momento de abrir un debate sobre la idoneidad de ciertas actividades extraescolares, las cuales deben tener en cuenta no sólo criterios pedagógicos, sino también ecológicos. En cuanto a estos últimos, los impactos que provocan las estaciones de esquí son múltiples y muy graves: laderas arrasadas, movimientos de tierra, torretas, remontes y cables metálicos en todas direcciones. Para llegar al corazón de las montañas donde se ubican las estaciones, se necesita la apertura de carreteras de gran capacidad y la construcción de gigantescos aparcamientos que cubren de asfalto lo que antes eran praderas de alta montaña. La concentración de usuarios sirve también de reclamo a la especulación inmobiliaria para levantar complejos residenciales, hoteles y urbanizaciones en zonas de gran fragilidad natural. Pero es el paisaje el gran perdedor en esta batalla. Como dice Eduardo Martínez de Pisón: "El paisaje es un producto del tiempo y revela lo que somos y, cuando los paisajes se eclipsan, se nos borran no sólo entornos, sino referencias y significados". Con cada valle que se pierde, se pierde algo de nosotros, de nuestras raíces y nuestra cultura. Existen alternativas a la "Semana blanca" que no dejan huella en la naturaleza: esquí de fondo, senderismo, montañismo, bicicleta de montaña, etcétera. Sólo hace falta un poco de imaginación para ofrecer a nuestros jóvenes un ocio saludable, que sea respetuoso con nuestros últimos terrenos vírgenes de la Península: las montañas.

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